Enjamás podré olvidarlo mientras viva,
que estas cosas se nos meten en el alma
como manos que la ajogan,
como espinas que la arañan...
Entoavía, recordándolo, parece
que me viene a las entrañas
aquel frío que esa noche
jasta dentro me calaba:
ese frío de los cuerpos derrengaos
al llegá la madrugada,
ese frío que se mete por los güesos;
ese frío del que está junto a una cama
una noche y otra noche,
sin descanso ni esperanza,
y mirando que se va de entre las manos
un pedazo de su alma;
ese frío que es cansancio y que es disgusto,
que nos jiela y que nos mata...
¡ese frío de las penas
que parece que es del cuerpo... y es del alma!
Me parece que lo veo:
aquella noche tós andaban
de puntillas, como sombras misteriosas,
y venían y vorvían, y la casa
era toda un jervidero de murmurios
y de pasos de fantasmas,
y de llantos y sollozos conteníos,
y de avisos y atropellos y mudanzas,
y un run-run de cuchicheos
en voz baja...
Y entre tos los cuchicheos y murmurios,
las mesmísimas palabras,
el mesmísimo estribillo,
la mesmísima cantata;
unas voces que decían por lo bajo:
"se nos muere... se nos muere... ¡está mu mala!"
Y de pronto un rebullicio que se arma,
y unas voces: "¡que ya vienen por la esquina!..."
¡Enjamás podré olvidar esas palabras!
Y al llegá Su Majestá... ¡si me parece
que lo veo con los ojos de la cara!
Era noche sin estrellas y sin luna;
era el viento de tormenta; lloviznaba...
Y de pronto, todo el mundo se arrodilla,
y se escucha —¡daba miedo de escucharla!—
el tilín de la campana del monago
que decía que llegaban:
y al par de ello, como el rezo de los frailes,
un murmurio de latines y plegarias
y el bullí de toa la gente que venía,
y el soná de las pisadas
en los charcos de la calle
sobre el agua...
Y se empieza a colá gente
dentro e casa...
¡Qué de gente la quería!...
¡Jasta entonces yo no vi que era una santa!
¡Qué momento inorvidable!
¡Parecía que soñaba¡
¡Y aun agora me parece que lo sueño
en ca vez que mi consencia lo repasa!...
El bullir y arrempujarse de la gente,
el rezar entre suspiros las beatas,
el oló de tanta cera al derretirse,
el caló de tanta gente arrebujada,
y aquel brillo tan borroso que tenían
los faroles y las llamas
al mirarlos por enmedio
de mis lágrimas...
Y por cima de estas cosas,
las palabras
que decía, respondiendo al señó cura,
la santica de mi alma...
¡Y lo mansa y resigná que las decía!
¡Y la pena que me daba
al mirá como un clavel amoratao
la boquita de mi santa,
la boquita de mis besos y mis glorias
que era un cacho de mi alma!
Y después, el alejarse el rebullicio
lo mesmito que las olas cuando bajan,
y el perderse en la revuelta de la esquina
el tilín de la campana,
y el murmurio del gentío,
y el soná de las pisadas
en los charcos de la calle,
sobre el agua...
Señó güeno, que llamaste aquella noche
a mi puerta, pa llevártela;
Señó güeno, güerve pronto pa librarme
de esta pena que me ajoga y que me mata;
pa llevarme al lado suyo, Señó güeno,
al ladito de aquel cacho de mi alma...
¡Y si al lado no pué sé, porque en la Gloria
no se armiten pecaores junto a santas,
aparéjame a lo menos un sitico
a la vera de la puerta... pa mirarla!
José María Pemán