Pedante y con soberbia,
pero con mucho de asombro,
se acercó el hombre moderno
a aquel padre de familia
rodeado de sus diez hijos,
dos colgados de sus hombros.
Incriminole en el acto
ser dejado y egoísta,
loco y mal administrado
por haberlos engendrado
fuera de lo estipulado
en lo que han dado en llamar
la “seria estadística”.
-“¿No ves que con tantos hijos
no los podrás educar
ni vestir ni alimentar
ni entregarle los placeres
que el mundo moderno tiene
y ellos no van a gozar?”
Respondió el padre cristiano,
y sofrenó justa ira,
perdonando al alma pobre
que esos insultos vertía:
-“Hay un poco de verdad
en las infamias que haz dicho.
No son muchos los caprichos
que a mis hijos podré dar.
Mas tú que me recriminas
mi imprudencia y mi malicia.
¿Es que no te has dado cuenta
que aún no brindaste a los tuyos
lo que más causa alegría?”
-“¿Qué es?”-, preguntó soberbio.
-“No los trajiste a la vida.”
Emilio José Samyn Ducó

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