sábado, 29 de febrero de 2020

Los castillos de la Reconquista



Son esqueletos de gigante hechura:
helos en pie; la Religión los vela:
asomos del cristiano centinela,
ásperos muros, torres de la jura.

Quedó de Troya, donde fue insegura
defensa la pelasga ciudadela,
contra el griego invasor que la debela,
ceniza al aire, al suelo sepultura.

Y éstos, agora, en soledad sagrada,
viejos testigos del tesón íbero,
mientras luchó por siglos la mesnada,

Desde la brecha en que se alzó el primero,
llevan de Covadonga hasta Granada
la Cruz triunfante por blasón frontero.

                                   Antonio Ros de Olano

sábado, 22 de febrero de 2020

La piedra


Desde que soy, por ser, amo la piedra.
Por estar siempre allí, sola, callada.
Por el brillo de luz en sus aristas.
Por la sombra en su cara laminada.
Por soportar el peso de lo humano
y por verla rodar sin decir nada.

Me enamora la suave turquecina.
Del ónix, sus colores esmaltados.
El azul tan azul de los zafiros.
El mármol con sus betas dibujadas
y el cristal que recuerda, transparente,
las lágrimas de dicha del amado.

Santo Tomás no pudo comprenderla.
Su ser está lejano. Es casi ausente.
Pero ella se ha vestido de colores
para que yo comprenda lo que siente, 
y mostrarme, en lo bello de su forma
el dolor por el alma que no tiene.

                          Nydia Samyn

sábado, 15 de febrero de 2020

Temporal



Ponchazos de sudestada
van arreando al aguacero,
como lonjeándole el cuero
a la hacienda amontonada.
El pajal en marejada
se dobla a su arremetida,
y alguna oveja perdida
de la majada distante,
como una queja implorante
bala en triste despedida.

Más desolada y sombría
la noche, lúgubre avanza,
mientras como una esperanza
se apaga la luz del día.
Todo en doliente agonía
sigue del viento el calvario,
y a veces, como un rosario
de negras cuentas, volando
pasan los cuervos gritando
sobre el campo solitario.

El gateado en el corral
baja el pescuezo tristón,
y buscando protección
pone el anca al temporal.
Yo adentro del rancho igual
doy la espalda a mi desvelo,
y acariciando un consuelo
junto al fogón me he quedado,
lo mismo que está el gateado
como rezándole al suelo.

 A los fuertes sacudones
del viento, el sauce llorón,
se dobla igual que un varón
a fuerza de decepciones.
Sobre los viejos horcones
gime a veces la cumbrera,
y alguna que otra gotera
se va filtrando del techo,
como penas en un pecho
sin esperanza siquiera!

                    Pedro Boloqui

sábado, 8 de febrero de 2020

Un contrabando en el Cielo


Haciendo Dios un día
la visita en el cielo acostumbrada,
notó que cierta gente no tenía
una faz suficientemente pura,
y que se hallaba como avergonzada
con esas almas de inefable albura.

"A San Pedro -se dijo- ¿qué le pasa?
Tal vez su edad no escasa
el carácter le habrá debilitado;
preciso es sermonearle al descuidado
guardián; que se le llame". . . Y al instante
en raudo y limpio vuelo,
un ángel fue y hallólo bien sentado,
y con el ojo alerta,
muy tranquilo en el suelo,
al lado de la puerta:

"Yo vengo, San Pedro a reemplazarlo
un momento siquiera,
pues el buen Dios lo quiere interrogar''.
Y San Pedro corrió, y con severa
actitud, el Señor lo reprendió
diciéndole: "No, no!
esto no puede ser, tú estás dejando
entrar gente manchada
a esta mi pura celestial morada".

"Me confundes, buen Dios", respondió Pedro,
"pues yo vivo en la puerta siempre en vela,
como perenne y listo centinela,
y a pesar de mi edad tan avanzada,
no se me pasa, por descuido nada;
créeme, buen Señor; no soy culpable,
pues yo soy en mi puesto inexorable,
y ningún muerto ha entrado a esa corte
sin traer el debido pasaporte".

"Cálmate", dijo Dios; "probablemente
se nos está engañando. Mira abajo,
¿conoces esa gente?"
"Oh mi buen Dios, te digo francamente:
Jamás por mí fue vista,
que no están en mi lista,
que no son en verdad de nuestro bando;
y que indudablemente
aquí se me está haciendo contrabando;
pero yo te prometo, buen Señor,
coger pronto al traidor;
y de no, con dolor del alma mía ,
te renuncio, Señor, a la portería".

San Pedro echó después con gran cuidado
mil vueltas a las varias cerraduras,
y cuando estuvo bien asegurado
de que no había rendija ni aberturas
por donde penetrar pudiera un alma;
y estando ya la noche un poco entrada
se sentó en plena calma
a vigilar la celestial portada.

Más, ¡oh gran maravilla! De repente
y sin saber por dónde, cómo y cuándo
vio que una intrusa gente
al cielo y de rondón se iba colando.
San Pedro entonces, inmediatamente
mandó llamar a Dios para que viera
lo que estaba pasando,
y cuando hubo llegado, el buen portero
le hizo señas a Dios que se escondiera
allí, sin hacer ruido y que tuviera
oído agudo y ojo muy certero.

Y qué cuadro el que vieron, ¡admirable!
Por fuera del recinto habían quedado
muchas almas que Pedro, inexorable,
había en su puerta rechazado
porque no habían traído al paso
el pasaporte íntegro y cumplido
y esas almas tan tristes exhalaban
tan amargos gemidos
y quejas de tan gran melancolía,
que la Virgen María,
de ellas compadecida y no sufriendo
que en vano así esa gente la implorara,
a los muros del cielo se subía
y desde allí, creyendo
que por la noche nadie la veía,
uno a uno iba alzando
con intensa alegría,
haciendo así a San Pedro contrabando.

Como San Pedro ya se vio triunfante,
probada su inocencia,
al buen Señor le dijo muy campante:
"Al menos le hará Usted una advertencia!"
Más el buen Dios que había reconocido
de los muros del cielo, allá en la altura
a su Madre, tan dulce, pura y bella,
le respondió con sin igual dulzura:
"Para qué? Tú sabes cómo es Ella!"

                                  Eusebio Robledo

sábado, 1 de febrero de 2020

La princesa está triste



La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste, la princesa está pálida)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe,
—la princesa está pálida, la princesa está triste—,
más brillante que el alba, más hermoso que abril!

«Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».

                               Rubén Darío