Desde que soy, por ser, amo la piedra.
Por estar siempre allí, sola, callada.
Por el brillo de luz en sus aristas.
Por la sombra en su cara laminada.
Por soportar el peso de lo humano
y por verla rodar sin decir nada.
Me enamora la suave turquecina.
Del ónix, sus colores esmaltados.
El azul tan azul de los zafiros.
El mármol con sus betas dibujadas
y el cristal que recuerda, transparente,
las lágrimas de dicha del amado.
Santo Tomás no pudo comprenderla.
Su ser está lejano. Es casi ausente.
Pero ella se ha vestido de colores
para que yo comprenda lo que siente,
y mostrarme, en lo bello de su forma
el dolor por el alma que no tiene.
Nydia Samyn
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