viernes, 11 de diciembre de 2020

Consagración

 


Junto a un grupo de nopales,
cuyas flores amarillas
abren hojas de topacios
sobre cálices de espinas;
teniendo su dulce Niño
reclinado en las rodillas,
alisándole el cabello
está la Virgen María.

Fiel retrato de su Madre,
no puede negar la pinta;
pero es el Niño aun más bello
que bella la Madre misma.

Tiene Jesús en los ojos
una tristeza infinita,
y una marca de amargura
en la boca purpurina,
que el corazón de la Madre
dilacera fibra a fibra.

Que a Jesús hondos dolores,
se le conoce a ojos vistas.
¡Si la Virgen se atreviera...! 
¡Si Jesús...! ¡Ay, pobrecilla! 
Cuanta nube de tristeza
nubla el cielo de su dicha.

Jesús está taciturno,
taciturna está María.
No se escucha en el momento
sino el gemir de la brisa,
al quebrarse entre las ramas
de palmera que se cimbra,
cobijando el bello grupo
que silencioso medita.

Por fin la Virgen se atreve,
y estrechando enardecida
la cabeza del Dios Niño
contra el seno que palpita,
y apartándole los bucles
del color de las espigas,
le da un beso rechinante,
que un mármol derretiría;
y un si es no es ruborosa,
pero al cabo decidida,
los labios sobre la trente,
comienza a hablar de esta guisa:

- ¿Por qué, dime dulce Niño,
tierno Jesús de mi amor,
te he visto copioso llanto
derramar en la oración?
Vueltos los ojos al cielo,
tinta en divino arrebol
la frente que a los jazmines
les ha prestado el blancor;
en cruz los tiernos bracitos
y anhelante el corazón,
te he visto verter más lágrimas
que rayos de luz da el sol.

«¿Por qué llorará mi niño?»
me decía en mi interior:
«¿Quién jamás se imaginara
llorando al Hijo de Dios?
¿ La felicidad suprema
saboreando el dolor?»

- Tú no sabes, Madre mía,
las penas que paso Yo.

- Por eso quiero saberlas:
dímelas por compasión,
que entre los dos divididas,
tu parte será menor.

- Mira, madre, que mis penas
dan hieles para los dos:
mira que al mar sobrepujan
en grandeza y amargor.

- Jesús, la duda me mata:
¿te las he causado yo?

- ¿Tú, palomita inocente,
cuyos arrullos de amor
son más dulces a mi oído
que los cantos de Sión?
Pierde cuidado, querida;
no me has lastimado, no.

- ¿Cuál es entonces tu pena?
¿Qué la causa? - ¡Desamor!
Que nadie, nadie me quiere
como, ¡ay, Madre!, quiero yo...
¡Mira que el Amor amando,
y nadie amar al Amor!...

Y de Jesús la garganta
lanzó un amargo suspiro.
Nuevo y abundoso llanto
de sus ojos nubló el brillo,
rodando en lluvia de perlas,
hasta mojar sus vestidos.

Sus mejillas, que eran rosas
son ya rosas con rocío:
rosas que besa la Virgen
del amor en el delirio,
mientras le dice afanosa:
- Sigue hablando, Niño mío.

- ¡Si tú supieras, ¡ay, Madre!,
lo que veo en la oración!...
Despeñándose los siglos
ante mi vista de Dios,
cual se despeñan las aguas
del espumoso Cedrón,
no desfila ni un instante
que no me cueste un dolor.

Quién me persigue sangriento
como al cordero el león.
Quien me blasfema iracundo
con asfixiante furor...

- ¡Calla, por Dios, hijo mío!
- ¿Ves como tengo razón
para no darte a que gustes
las hieles de mi dolor?

Y la Virgen gruesas lágrimas
en la alba toca enjugando,
y en la faz encantadora
la palidez del espanto,
de nuevo acaricia al Niño;
lo estrecha contra el regazo;
y entre besos maternales,
silenciosos, prolongados,
cual si al hijo, en cada uno,
diera del alma un pedazo,
escucha al Niño doliente:

- ¡Prisionero, sin más crimen
que el de mi infinito Amor,
las tablas del tabernáculo
serán mi dura prisión.
¡Cuánta ingratitud me espera!
¡Cuánto y cuánto sinsabor!
¡Qué largas, Madre, las noches
sin ninguna adoración;
sin que nadie me acompañe,
más que el trémulo fulgor
de lámpara moribunda!...
Solos la lámpara y Yo.

¿Que me cercarán de luces
y flores de rico olor?
¿Que piedras de alzado precio
guarnecerán el copón?
Mas ¿qué importa? Ni las luces,
ni las piedras, ni la flor,
ni los tronos, ni las lámparas,
son capaces de pasión,
¡Nada de esto, Madre mía,
dará un latido de amor!

Y Yo necesito amores;
pues no es otra mi misión
que poner fuego en la tierra,
y a la gloria del Señor
quemarla en la ardiente pira
de mi amante Corazón.

Y, ¡ay!, el mundo incombustible
se me esconde a mi calor;
que llamo, y en el vacío
se pierde mi triste voz:
doyme a buscar, y el rebaño
sale huyendo del Pastor;
por corazones de tierra
brindo Corazón de Dios,
y ni aun así por entero
me da nadie el corazón.

Y corazones partidos,
ésos no los quiero Yo;
pues entero y sin reserva
brindo Yo mi Corazón.

Y otra vez empaña el llanto
los claros ojos del Niño,
por su rostro de granadas
discurriendo en gruesos hilos.

Al verlo tan apenado,
la Virgen Madre le ha dicho;
- No me llores, que me matas;
seca esas lágrimas, Niño,
que en el corazón me caen
cual veneno corrosivo.

¿Que Tú quieres corazones?
Pues los tendrás, hijo mío:
yo te los saldré buscando
por los pueblos y los siglos.

Yo te buscaré amadores
de tus encantos cautivos;
que después de haberte amado
con el más alto delirio,
millares de corazones
consagren a tu servicio.

Y entretanto, dulce prenda,
mi cielo, mi Dios, mi Niño,
ten un corazón por tuyo,
pues yo te consagro el mío.

Y..., ¡ea!..., los hombres no lloran,
y estás hecho un hombrecito.
Conque un beso, y con tu padre:
que es también mucho egoísmo
quererte para mí sola.

Y alegre se aleja el Niño,
no sin pararse de pronto,
quedarse en la Virgen fijo,
y un beso tirar al aire
con un ademán divino.

                     Pbro Juan F. Muñoz y Pabón 




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