¡Subid aprisa, oraciones!
¡Subid con ansia, deseos!
¡Rasgad con vuestras centellas,
abrid con vuestros ingenios
las tinieblas de la noche,
los muros del firmamento,
y herid con vuestras espadas,
sujetad con vuestros hierros
a Aquel por quien yo suspiro,
a Aquel por quien yo me muero!
Con la valiente osadía
del amor y de su fuego,
beber los aires ansío,
forzar los astros pretendo,
luchar con Dios, cautivarle
y hacerle mi prisionero...
Y en sus divinas entrañas
clavarle mis dardos quiero,
las saetas encendidas
de mis raudos pensamientos,
que hasta las rocas se hienden
y se desgarran los cielos
con el ímpetu y la fuerza
del amor y del deseo!
¡Subid aprisa, oraciones!
¡Fortificaos y encendeos
sobre las ascuas del horno
palpitante de mi pecho!
¡Subid a la patria mía
con tan abrasado afecto,
que penetréis como rayos
en el Corazón inmenso
de Aquel por quien yo suspiro,
de Aquel por quien yo me muero!
¡Pluguiera que para amarle
fuese como el sol mi pecho,
como dos lunas mis ojos,
como lenguas mis cabellos,
como un torrente mi sangre.
como una selva mis nervios,
que fuesen mis brazos ríos,
barras candentes mis huesos
y dardos mis oraciones
y centellas mis deseos!
¡Quisiera tener cien almas
con que adorar a mi Dueño;
quisiera tener cien vidas
y dárselas por un beso;
tener tantos corazones
como estrellas tiene el cielo,
y cuando más palpitasen,
arrancármelos del pecho
y engarzarlos en el hilo
de luz de mi pensamiento,
como un collar de rubíes
para el dulcísimo cuello
de Aquel por quien yo suspiro,
de Aquel por quien yo me muero!
jAy amor de mis entrañas!
jCuán dulce angustia padezco!
Tengo el sabor en la boca
de tu sangre y de tu cuerpo,
y estoy cada vez, Dios mío,
más ansioso y más hambriento,
y es tan grande mi codicia
de tu amor y de tu cielo,
que tengo el alma preñada
de abismos y de silencios,
de voraces apetitos
y de inflamados deseos.
Quisiera, Señor, gozarte
cara a cara y seno a seno,
desfallecer en tus brazos
con tan hondo arrobamiento
que el alma se me saliera
de los labios, como un beso.
Que las fibras de mi carne,
que las venas de mi cuerpo
fuesen ligas, fuesen lazos
que me ataran a tu pecho
con deleites infinitos
y con amores eternos.
Mas ¿cómo pedir tal gloria?
¿Quién soy yo, ni qué merezco,
pobre gusano de luz
que se arrastra por el suelo?
Para ti todo, Dios mío,
que yo para mí no quiero
más que el puñado de tierra
donde se pudran mis huesos.
Y si al borde del sepulcro,
sobre el césped de un sendero,
brotase una florecilla,
ése será el postrer beso
que los labios de mi carne
le den a su dulce Dueño,
a Aquel por quien yo suspiro,
por quien lloro y por quien muero…
¡0h noche; oh sombras; oh alturas;
oh soledad; oh misterio!
¡Mar sin orillas, poblado
de estrellas y de secretos!
¿Jamás de mis oraciones
me devolveréis los ecos?
¿Qué dicen vuestros abismos?
¿Qué dicen vuestros silencios?
¿Se han de quebrar mis saetas
en vuestros muros de hierro?
¿Se han de hundir mis esperanzas,
como naves sin gobierno,
bajo las siniestras olas
de un mar obscuro y desierto?
¿Y he de vivir abrasándome
para morir más sediento,
morder el polvo y en polvo
tornarme? ¡No! ¡Vive el cielo!
Si en ese mar tan callado,
si en ese azul firmamento
no hubiera más ley ni origen
que el azar rebelde y ciego,
forjáranse eternidades
y paraísos espléndidos
con el ímpetu y la fuerza
del amor y del deseo.
¡La caridad bastaría
para dar al mundo un cetro,
para levantar el trono
del divino Nazareno
con muros de corazones
y con pedazos de cielo!
Mas este ardor insaciable,
y esta inquietud, y este fuego,
dominadores de abismos,
pobladores de silencios;
estas rabiosas ternuras,
estos voraces deseos,
estas ansias, estos gritos,
estas preces, estos trenos
y raptos y calenturas
y amores y sufrimientos,
¿quién los pone en nuestras almas?
¿quién los clava en nuestros pechos?
Estas voces inflamadas
del más alto sentimiento,
querellas, fiebres, delirios,
hambre de Dios, sed de Cielo,
¿qué son sino resplandores,
vislumbres y centelleos
de la infinita hermosura,
del amor vivo y eterno
de Aquel por quien yo suspiro,
de Aquel por quien yo me muero?
Quien ama profundamente
sabe que todo está lleno
de semblantes y de espíritus,
de callados pensamientos,
de palabras escondidas
y de inefables misterios;
que no hay un rincón vacío
ni en la tierra ni en el cielo;
que la soledad es alma
y eternidad el silencio...
Dios nos habla a todas horas
con suavísimos acentos;
nos habla como a hurtadillas,
nos habla como en secreto,
con un rumor tembloroso
de canciones y de besos;
mas andamos distraídos
y escucharle no sabemos.
Hay que vivir de rodillas,
hay que vivir en acecho
de esas palabras tan dulces,
de esos avisos tan tiernos;
hay que vivir siempre en vela,
puesta la mano en el pecho,
siempre alerta los oídos
y los párpados abiertos;
hay que despertar al ángel
que todos llevamos dentro,
mientras la bestia se rinde
vencida del torpe sueño.
Todo es amor, todo es vida,
todo es altar, todo es templo...
Dios camina por el mundo,
recorre nuestros senderos,
se alberga en nuestros hogares.
vive en nuestros aposentos,
y en la sombra de la noche
se acerca hasta nuestros lechos...
¡Oigo, Señor, de tus hablas
el dulcísimo aleteo,
como un volar de palomas,
como un zumbido de insectos
en los aires, en las aguas,
en las frondas, en los céfiros,
en el tumbo de los mares,
en el silbo de los vientos,
en la voz de las fontanas,
en los ventalles del cedro
y en los tajos y en las cumbres
y en la noche y el silencio,
que es la pausa melodiosa
de tus divinos conciertos!
Escucho el blando latido
de tu corazón inmenso,
como una música suave,
como el compás de unos versos,
en el latir de mi sangre
y en el temblar de mis nervios,
en el ritmo de las cosas,
en el orden de los cielos,
en los astros, en la viva
pulsación del universo...
Y escucho el manso respiro
de tu fervoroso pecho,
y tomo tus blandas manos,
y sufro el divino peso
de tus carnes en mi alma,
de tu espíritu en mi cuerpo,
y absorto, sin pulso, herido
de tanto amor, desfallezco,
todo deleite gozando,
toda ciencia conociendo…
¡Salid del alma, oraciones,
que estas cosas con que sueño
podré alcanzarlas un día
en vuestras alas de incienso!
¡Subid aprisa, oraciones;
subid con ansia, deseos;
subid a la patria mía,
con tan abrasado afecto,
que os clavéis, como centellas,
en el Corazón inmenso
de Aquel por quien yo suspiro,
de Aquel por quien yo me muero!
Ricardo León
No hay comentarios:
Publicar un comentario