sábado, 13 de marzo de 2021

Saetas




¡Subid aprisa, oraciones! 
¡Subid con ansia, deseos! 
¡Rasgad con vuestras centellas, 
abrid con vuestros ingenios 
las tinieblas de la noche, 
los muros del firmamento, 
y herid con vuestras espadas, 
sujetad con vuestros hierros 
a Aquel por quien yo suspiro, 
a Aquel por quien yo me muero! 

Con la valiente osadía 
del amor y de su fuego, 
beber los aires ansío, 
forzar los astros pretendo, 
luchar con Dios, cautivarle 
y hacerle mi prisionero... 
Y en sus divinas entrañas 
clavarle mis dardos quiero, 
las saetas encendidas 
de mis raudos pensamientos, 
que hasta las rocas se hienden 
y se desgarran los cielos 
con el ímpetu y la fuerza 
del amor y del deseo! 

¡Subid aprisa, oraciones! 
¡Fortificaos y encendeos 
sobre las ascuas del horno 
palpitante de mi pecho! 
¡Subid a la patria mía 
con tan abrasado afecto, 
que penetréis como rayos 
en el Corazón inmenso 
de Aquel por quien yo suspiro, 
de Aquel por quien yo me muero! 

¡Pluguiera que para amarle 
fuese como el sol mi pecho, 
como dos lunas mis ojos, 
como lenguas mis cabellos, 
como un torrente mi sangre. 
como una selva mis nervios, 
que fuesen mis brazos ríos, 
barras candentes mis huesos 
y dardos mis oraciones 
y centellas mis deseos! 

¡Quisiera tener cien almas 
con que adorar a mi Dueño; 
quisiera tener cien vidas 
y dárselas por un beso; 
tener tantos corazones 
como estrellas tiene el cielo, 
y cuando más palpitasen, 
arrancármelos del pecho 
y engarzarlos en el hilo 
de luz de mi pensamiento, 
como un collar de rubíes 
para el dulcísimo cuello 
de Aquel por quien yo suspiro, 
de Aquel por quien yo me muero! 

jAy amor de mis entrañas! 
jCuán dulce angustia padezco! 
Tengo el sabor en la boca 
de tu sangre y de tu cuerpo, 
y estoy cada vez, Dios mío, 
más ansioso y más hambriento, 
y es tan grande mi codicia 
de tu amor y de tu cielo, 
que tengo el alma preñada 
de abismos y de silencios, 
de voraces apetitos 
y de inflamados deseos. 

Quisiera, Señor, gozarte 
cara a cara y seno a seno, 
desfallecer en tus brazos 
con tan hondo arrobamiento 
que el alma se me saliera 
de los labios, como un beso. 
Que las fibras de mi carne, 
que las venas de mi cuerpo 
fuesen ligas, fuesen lazos 
que me ataran a tu pecho 
con deleites infinitos 
y con amores eternos. 

Mas ¿cómo pedir tal gloria? 
¿Quién soy yo, ni qué merezco, 
pobre gusano de luz 
que se arrastra por el suelo? 
Para ti todo,  Dios mío, 
que yo para mí no quiero 
más que el puñado de tierra 
donde se pudran mis huesos. 
Y si al borde del sepulcro, 
sobre el césped de un sendero, 
brotase una florecilla, 
ése será el postrer beso 
que los labios de mi carne 
le den a su dulce Dueño, 
a Aquel por quien yo suspiro, 
por quien lloro y por quien muero… 

¡0h noche; oh sombras; oh alturas; 
oh soledad; oh misterio! 
¡Mar sin orillas, poblado 
de estrellas y de secretos! 
¿Jamás de mis oraciones 
me devolveréis los ecos? 
¿Qué dicen vuestros abismos? 
¿Qué dicen vuestros silencios? 
¿Se han de quebrar mis saetas 
en vuestros muros de hierro? 
¿Se han de hundir mis esperanzas, 
como naves sin gobierno, 
bajo las siniestras olas 
de un mar obscuro y desierto? 

¿Y he de vivir abrasándome 
para morir más sediento, 
morder el polvo y en polvo 
tornarme? ¡No! ¡Vive el cielo! 
Si en ese mar tan callado, 
si en ese azul firmamento 
no hubiera más ley ni origen 
que el azar rebelde y ciego, 
forjáranse eternidades 
y paraísos espléndidos 
con el ímpetu y la fuerza 
del amor y del deseo. 
¡La caridad bastaría 
para dar al mundo un cetro, 
para levantar el trono 
del divino Nazareno 
con muros de corazones 
y con pedazos de cielo! 

Mas este ardor insaciable, 
y esta inquietud, y este fuego, 
dominadores de abismos, 
pobladores de silencios; 
estas rabiosas ternuras, 
estos voraces deseos, 
estas ansias, estos gritos, 
estas preces, estos trenos 
y raptos y calenturas 
y amores y sufrimientos, 
¿quién los pone en nuestras almas? 
¿quién los clava en nuestros pechos? 

Estas voces inflamadas 
del más alto sentimiento, 
querellas, fiebres, delirios, 
hambre de Dios, sed de Cielo, 
¿qué son sino resplandores, 
vislumbres y centelleos 
de la infinita hermosura, 
del amor vivo y eterno 
de Aquel por quien yo suspiro, 
de Aquel por quien yo me muero? 

Quien ama profundamente 
sabe que todo está lleno 
de semblantes y de espíritus, 
de callados pensamientos, 
de palabras escondidas 
y de inefables misterios; 
que no hay un rincón vacío 
ni en la tierra ni en el cielo; 
que la soledad es alma 
y eternidad el silencio... 

Dios nos habla a todas horas 
con suavísimos acentos; 
nos habla como a hurtadillas, 
nos habla como en secreto, 
con un rumor tembloroso 
de canciones y de besos; 
mas andamos distraídos 
y escucharle no sabemos. 

Hay que vivir de rodillas, 
hay que vivir en acecho 
de esas palabras tan dulces, 
de esos avisos tan tiernos; 
hay que vivir siempre en vela, 
puesta la mano en el pecho, 
siempre alerta los oídos 
y los párpados abiertos; 
hay que despertar al ángel 
que todos llevamos dentro, 
mientras la bestia se rinde 
vencida del torpe sueño. 

Todo es amor, todo es vida, 
todo es altar, todo es templo... 
Dios camina por el mundo, 
recorre nuestros senderos, 
se alberga en nuestros hogares. 
vive en nuestros aposentos, 
y en la sombra de la noche 
se acerca hasta nuestros lechos... 

¡Oigo, Señor, de tus hablas 
el dulcísimo aleteo, 
como un volar de palomas, 
como un zumbido de insectos 
en los aires, en las aguas, 
en las frondas, en los céfiros, 
en el tumbo de los mares, 
en el silbo de los vientos, 
en la voz de las fontanas, 
en los ventalles del cedro 
y en los tajos y en las cumbres 
y en la noche y el silencio, 
que es la pausa melodiosa 
de tus divinos conciertos! 

Escucho el blando latido 
de tu corazón inmenso, 
como una música suave, 
como el compás de unos versos, 
en el latir de mi sangre 
y en el temblar de mis nervios, 
en el ritmo de las cosas, 
en el orden de los cielos, 
en los astros, en la viva 
pulsación del universo... 

Y escucho el manso respiro 
de tu fervoroso pecho, 
y tomo tus blandas manos, 
y sufro el divino peso 
de tus carnes en mi alma, 
de tu espíritu en mi cuerpo, 
y absorto, sin pulso, herido 
de tanto amor, desfallezco, 
todo deleite gozando, 
toda ciencia conociendo…

¡Salid del alma, oraciones, 
que estas cosas con que sueño 
podré alcanzarlas un día 
en vuestras alas de incienso! 

¡Subid aprisa, oraciones; 
subid con ansia, deseos; 
subid a la patria mía, 
con tan abrasado afecto, 
que os clavéis, como centellas, 
en el Corazón inmenso 
de Aquel por quien yo suspiro, 
de Aquel por quien yo me muero! 

                      Ricardo León


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