viernes, 18 de abril de 2025

Trenos

 


(Treno: Canto fúnebre o lamentación por alguna calamidad o desgracia.)

                                         Nantiate dilecto quia amore langueo. 

Raudas olas de los mares, 
vivas lumbres de los cielos, 
cavernas de las montañas, 
llanuras de los desiertos, 
ríos, prados, valles, frondas, 
aguas, nieblas, brisas, vientos, 
juntad todos vuestras voces, 
vuestros silbos, vuestros ecos, 
vuestros sonoros tumultos, 
vuestros sagrados silencios: 
poned vuestras armonías 
en los bronces de mis versos, 
que vibren como campanas, 
que abrasen como cauterios, 
que tiemblen como banderas, 
y que estallen como incendios! 

¡Dad lenguas a mis amores, 
decid a mi dulce Dueño, 
decidle que yo le busco, 
decidle que no le encuentro, 
que sin sus brazos no vivo, 
que sin sus brazos me muero, 
que huyó de mi lengua el habla, 
que huyó de mi carne el sueño, 
que están llorando mis ojos, 
que están temblando mis huesos, 
que estoy enfermo de olvidos, 
que estoy de ausencias enfermo, 
que padezco de ansiedades, 
que de soledad padezco, 
que me aprietan las congojas, 
que me muerden los deseos, 
que es el corazón un horno 
y un abismo el pensamiento! 

¡Decidle, en fin, que si tarda, 
tanto me estoy consumiendo, 
que cuando venga a buscarme, 
no hallará mi dulce Dueño 
deleite para sus ojos, 
ni calor para su pecho, 
ni apoyo para sus brazos, 
ni boca para sus besos! 
¡Cuánto afán, cuántos suspiros, 
cuántos ayes, cuántos versos, 
cuántas ternuras sin nombre, 
cuánta vida, cuánto fuego, 
derramados en la triste 
soledad de mi aposento! 
Señor: ¿no atiendes mis voces? 
Amor: ¿no atiendes mis ruegos? 
¿No sabes que estoy llorando, 
que ya resistir no puedo 
ni este morir donde vivo 
ni este vivir donde muero? 

Mas ya, Señor, se me alcanza 
la razón de tu silencio: 
para tus altos amores, 
para tus altos ejemplos, 
todas las penas del mundo 
son pobres merecimientos. 
Harto soy, harto me diste 
con darme este sufrimiento, 
pues con él en mis entrañas, 
engendraste un hombre nuevo. 
Pues que así me levantaron 
tribulaciones y duelos, 
¡más penas, Señor, te pido! 
¡más tribulaciones quiero! 
Purga y acendra mi carne 
con lumbres de tu cauterio; 
repuja a fuerza de golpes 
mi corazón duro y recio; 
lábrale con tu martillo, 
que así repuja el platero 
los cálices y los vasos 
que a tu Amor dan aposento. 
Que del horno de mis penas 
salga mi barro tan nuevo 
como el cristal, de la llama; 
como la arcilla, del fuego; 
como del crisol, el oro; 
como de la fragua, el hierro: 
que el alma se me desgarre 
como un pedazo de cielo. 
¡Corta, Señor, con tu espada, 
corta, al fin, los lazos estos 
del morir donde yo vivo, 
del vivir donde yo muero! 

¿Conoces, Alma, tu gloria? 
¿Recuerdas, Alma, tu reino? 
¿Lloras la patria perdida 
y aborreces el destierro? 
Pues si la tierra y la carne 
son estorbos de tu vuelo; 
pues si la vida y el siglo 
son cárceles y son hierros 
donde sufren tus amores 
y lloran tus pensamientos, 
adiestra, neblí, tus alas; 
rompe tus cadenas, siervo, 
que no hay prisión que resista 
la fuerza de tus ingenios. 

¡Amor: si no he de gozarte 
del todo más que muriendo; 
si soy en estas prisiones 
de mí mismo el carcelero, 
desnúdame de mi carne, 
desnúdame de mi cuerpo; 
que el alma, señora y libre, 
como una lengua de fuego, 
suba, temblando de gozo, 
con las alas de los vientos, 
y busque, en la noche, el claro 
resplandor de tus incendios!

                          Ricardo León

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