(Treno: Canto fúnebre o lamentación por alguna calamidad o desgracia.)
Nantiate dilecto quia amore langueo.
Raudas olas de los mares,
vivas lumbres de los cielos,
cavernas de las montañas,
llanuras de los desiertos,
ríos, prados, valles, frondas,
aguas, nieblas, brisas, vientos,
juntad todos vuestras voces,
vuestros silbos, vuestros ecos,
vuestros sonoros tumultos,
vuestros sagrados silencios:
poned vuestras armonías
en los bronces de mis versos,
que vibren como campanas,
que abrasen como cauterios,
que tiemblen como banderas,
y que estallen como incendios!
¡Dad lenguas a mis amores,
decid a mi dulce Dueño,
decidle que yo le busco,
decidle que no le encuentro,
que sin sus brazos no vivo,
que sin sus brazos me muero,
que huyó de mi lengua el habla,
que huyó de mi carne el sueño,
que están llorando mis ojos,
que están temblando mis huesos,
que estoy enfermo de olvidos,
que estoy de ausencias enfermo,
que padezco de ansiedades,
que de soledad padezco,
que me aprietan las congojas,
que me muerden los deseos,
que es el corazón un horno
y un abismo el pensamiento!
¡Decidle, en fin, que si tarda,
tanto me estoy consumiendo,
que cuando venga a buscarme,
no hallará mi dulce Dueño
deleite para sus ojos,
ni calor para su pecho,
ni apoyo para sus brazos,
ni boca para sus besos!
¡Cuánto afán, cuántos suspiros,
cuántos ayes, cuántos versos,
cuántas ternuras sin nombre,
cuánta vida, cuánto fuego,
derramados en la triste
soledad de mi aposento!
Señor: ¿no atiendes mis voces?
Amor: ¿no atiendes mis ruegos?
¿No sabes que estoy llorando,
que ya resistir no puedo
ni este morir donde vivo
ni este vivir donde muero?
Mas ya, Señor, se me alcanza
la razón de tu silencio:
para tus altos amores,
para tus altos ejemplos,
todas las penas del mundo
son pobres merecimientos.
Harto soy, harto me diste
con darme este sufrimiento,
pues con él en mis entrañas,
engendraste un hombre nuevo.
Pues que así me levantaron
tribulaciones y duelos,
¡más penas, Señor, te pido!
¡más tribulaciones quiero!
Purga y acendra mi carne
con lumbres de tu cauterio;
repuja a fuerza de golpes
mi corazón duro y recio;
lábrale con tu martillo,
que así repuja el platero
los cálices y los vasos
que a tu Amor dan aposento.
Que del horno de mis penas
salga mi barro tan nuevo
como el cristal, de la llama;
como la arcilla, del fuego;
como del crisol, el oro;
como de la fragua, el hierro:
que el alma se me desgarre
como un pedazo de cielo.
¡Corta, Señor, con tu espada,
corta, al fin, los lazos estos
del morir donde yo vivo,
del vivir donde yo muero!
¿Conoces, Alma, tu gloria?
¿Recuerdas, Alma, tu reino?
¿Lloras la patria perdida
y aborreces el destierro?
Pues si la tierra y la carne
son estorbos de tu vuelo;
pues si la vida y el siglo
son cárceles y son hierros
donde sufren tus amores
y lloran tus pensamientos,
adiestra, neblí, tus alas;
rompe tus cadenas, siervo,
que no hay prisión que resista
la fuerza de tus ingenios.
¡Amor: si no he de gozarte
del todo más que muriendo;
si soy en estas prisiones
de mí mismo el carcelero,
desnúdame de mi carne,
desnúdame de mi cuerpo;
que el alma, señora y libre,
como una lengua de fuego,
suba, temblando de gozo,
con las alas de los vientos,
y busque, en la noche, el claro
resplandor de tus incendios!
Ricardo León
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