sábado, 28 de marzo de 2020

El Cristo de la Humildad y la Paciencia



Después de condenado en burdo juicio,
coronada tu frente por espinas,
sobre tu misma mano la reclinas
en el breve descanso del suplicio.

¿Qué se esconde, Señor, bajo tu frente?
¿Qué piensas mi Señor en ese instante?
¿Es acaso, Jesús, que no es bastante
hacerte condenar, siendo inocente?

Sólo a tus jueces la condena infama
por el torpe baldón de su sentencia,
y todo el orbe con ardor se inflama

al noble resplandor de tu inocencia.
Y para siempre con amor te aclama,
Señor de la Humildad y la Paciencia.

                      Federico Acosta Noriega

sábado, 21 de marzo de 2020

Esta tarde



Esta tarde tenía de angustia el alma llena,
pesábame la vida, sin yo saber por qué,
me abracé a sus rodillas, y le dije de mi pena,
y mirando sus ojos extasiado quedé.

Es la imagen de piedra de estatura gigante,
que al alfarge se eleva sobre el plinto,
la que muy toscamente pero con mano amante,
tallara un monje godo, reinando Recesvinto.

Bien haya el monje artista que a la augusta Madona
puso los finos labios sonrisa que perdona,
y en los rasgados ojos mirada maternal,

los ojos y los labios que saben de dolores,
y esta tarde me han dicho: "Hijo mío, no llores,
en nosotros hay mieles para endulzar tu mal".

                               Fray Justo Pérez de Urbel

sábado, 14 de marzo de 2020

Oración al Cristo del Calvario


En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mí todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta.

                          Gabriela Mistral

sábado, 7 de marzo de 2020

Envidia de los ángeles


Oyóme un ángel en aciagas horas,
y dijo así, de mi dolor curioso:
celos he de tu cáliz angustioso
y envidia de las lágrimas que lloras.

Cautivo en cárcel de tinieblas moras...
¡cuán desgraciado, pero cuán glorioso!
Más rico tu que yo, más dadivoso,
sufrir puedes, morir por quién adoras...

Privilegio es el del hombre, hermosa hoguera
que a la luz de los ángeles excede
y en llamas de ternura el mundo inflama.

Que aun Dios, si en carne de dolor no fuera,
jamás pudiera, como el hombre puede,
padecer y morir por quienes ama

                                                            Ricardo León