Oyóme un ángel en aciagas horas,
y dijo así, de mi dolor curioso:
celos he de tu cáliz angustioso
y envidia de las lágrimas que lloras.
Cautivo en cárcel de tinieblas moras...
¡cuán desgraciado, pero cuán glorioso!
Más rico tu que yo, más dadivoso,
sufrir puedes, morir por quién adoras...
Privilegio es el del hombre, hermosa hoguera
que a la luz de los ángeles excede
y en llamas de ternura el mundo inflama.
Que aun Dios, si en carne de dolor no fuera,
jamás pudiera, como el hombre puede,
padecer y morir por quienes ama
Ricardo León
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