sábado, 18 de abril de 2020

Día de la Hispanidad



En el nombre del Padre que creó toda cosa,
y en el nombre del Hijo, que hubo muerte gloriosa;
del Espíritu Santo, de la Virgen Piadosa;
de mi madre Castilla, quiero hacer una prosa.

¡Tú, que domar supiste las frentes altaneras,
y en todos los castillos, en todas las fronteras,
en mares ignorados y en tierras forasteras,
erguiste tus blasones, clavaste tus banderas!

¿En dónde están aquellos ejércitos cristianos,
castigo de los déspotas, terror de los paganos;
los firmes caracteres, las vencedoras manos,
la fuerza de los duros varones castellanos?

Ya los viejos leones se han tornado corderos;
las lanzas, las lorigas, en bolsas y tinteros,
y en mentirosas plumas los viriles aceros;
que las armas de hogaño son plumas y dineros.

Hoy se esgrimen las lenguas, pero no las espadas,
y es blasón de las honras el vivir deshonradas.
¡Mío Cid! ¿Qué dirías de estas gentes letradas,
que reniegan ahora de sus gestas pasadas?

Ahora que las gentes se juzgan por mejores,
son pocos los leales, son muchos los traidores,
las leyes y costumbres alcándaras de azores,
e iguales, por lo pérfidos, vasallos y señores.

¡Oh Dios! Tu, que moviste en mis patrias montañas
a Pelayo y los suyos, haz que nuevas hazañas
restauren las grandezas de las viejas Españas,
limpiándolas por siempre de facciones extrañas.

El yelmo está enterrado, la lanza está partida,
los muros están rotos, la raza está dormida...
¡Sea de los infieles tu España defendida!
Si Tú no la socorres, la tengo por perdida...

¡Varones castellanos, volved por vuestro honor!
Que entre muerte y deshonra, la deshonra es peor.
Despertad en el nombre de Dios, nuestro Señor,
que es España su huerto y es Castilla la flor.

                                                                     Ricardo León
                                                           Cantar de gesta (fragmento)

sábado, 11 de abril de 2020

Virgen de los Dolores



Palidecidas las rosas
de tus labios angustiados;
mustios los lirios morados
de tus mejillas llorosas;
recordando las gozosas
horas idas de Belén,
sin consuelo ya y sin bien
que tus soledades llene...
¡Miradla por donde viene,
hijas de Jerusalén!

Virgen de la Soledad:
rendido de gozos vanos,
en las rosas de tus manos
se ha muerto mi voluntad.
Cruzadas con humildad
en tu pecho sin aliento,
la mañana del portento,
tus manos fueron, Señora,
la primera cruz redentora:
la cruz del sometimiento.

Como tú te sometiste,
someterme yo querría:
para ir haciendo mi vía
con claro sol o noche triste.
Ejemplo santo nos diste
cuando, en la tarde deicida,
tu soledad dolorida
por los senderos mostrabas:
tocas de luto llevabas,
ojos de paloma herida.

La fruta de nuestro Bien
fue de tu llanto regada:
refugio fueron y almohada
tus rodillas, de su sien.
Otra vez, como en Belén,
tu falda cuna le hacía,
y sobre El tu amor volvía
a las angustias primeras...
Señora: si tú quisieras
contigo lo lloraría.

Por tu dolor sin testigos,
por tu llanto sin piedades,
Maestra de soledades,
enséñame a estar contigo.
Que al quedarte tú conmigo
partido ya de tu vera
el Hijo que en la madera
de la Santa Cruz dejaste,
yo sé que en ti lo encontraste
de una segunda manera.

Yo en mi alma, Madre, lavada
de las bajas suciedades,
a fuerza de soledades,
le estoy haciendo morada.
Prendida tengo y colgada
ya mi cámara de flores.
Y a husmear por los alcores
por si llega el peregrino
he soltado en mi camino
mis cinco perros mejores.

Quiero yo que el alma mía,
tenga, de sí vaciada,
su soledad preparada
para la gran compañía.
Con una nueva paz y alegría
quiero, por amor, tener
la vida muerta al placer
y muerta al mundo, de suerte
que cuando venga la muerte
le quede poco que hacer.

Pero en tanto que El asoma,
Señora, por las calladas,
-¡por tus tocas enlutadas
y tus ojos de paloma!-
recibe mi angustia y toma
en tus manos mi ansiedad.
Y séame, por piedad,
Señora del mayor duelo,
tu soledad sin consuelo,
consuelo en mi soledad.

                 José María Pemán

jueves, 9 de abril de 2020

¿A qué viniste, amigo?



Dícele a Judas el Pastor Cordero
cuando le vende: ¿A qué viniste, amigo?
¿Del regalo de hijo a mi castigo?
¿De oveja humilde y simple a lobo fiero?

¿De apóstol de mi ley a carnicero?
¿De rico de mis bienes a mendigo?
¿Del cayado a la horca sin mi abrigo?
¿De discípulo, a ingrato despensero?

Véndeme, y no te vendas, y mi muerte
sea rescate también a tus traiciones:
no siento mi prisión, sino perderte.

El cordel que a tu cuello le dispones,
Judas, ponle a mis pies con lazo fuerte:
perdónate, y a Mí no me perdones.

                  Francisco de Quevedo

sábado, 4 de abril de 2020

Al ponerle en la Cruz



En tanto que el hoyo cavan
a donde la cruz asienten,
en que el Cordero levanten
figurado por la sierpe,

aquella ropa inconsútil
que de Nazareth ausente
labró la hermosa María
después de su parto alegre,

de sus delicadas carnes
quitan con manos aleves
los camareros que tuvo
Cristo al tiempo de su muerte.

No bajan a desnudarle
los espíritus celestes,
sino soldados que luego
sobre su ropa echan suertes.

Quitáronle la corona,
y abriéronse tantas fuentes,
que todo el cuerpo divino
cubre la sangre que vierten.

Al despegarle la ropa
las heridas reverdecen,
pedazos de carne y sangre
salieron entre los pliegues.

Alma pegada en tus vicios,
si no puedes, o no quieres
despegarte tus costumbres,
piensa en esta ropa, y puede.

A la sangrienta cabeza
la dura corona vuelven,
que para mayor dolor
le coronaron dos veces.

Asió la soga un soldado,
tirando a Cristo, de suerte
que donde va por su gusto
quiere que por fuerza llegue.

Dio Cristo en la cruz de ojos,
arrojado de la gente,
que primero que la abrace,
quieren también que la bese.

¡Qué cama os está esperando,
mi Jesús, bien de mis bienes,
para que el cuerpo cansado
siquiera a morir se acueste!

¡Oh, qué almohada de rosas
las espinas os prometen!;
¡qué corredores dorados
los duros clavos crueles!

Dormid en ella, mi amor,
para que el hombre despierte,
aunque más dura se os haga
que en Belén entre la nieve.

Que en fin aquella tendría
abrigo de las paredes,
las tocas de vuestra Madre,
y el heno de aquellos bueyes.

¡Qué vergüenza le daría
al Cordero santo el verse,
siendo tan honesto y casto,
desnudo entre tanta gente!

¡Ay divina Madre suya!,
si agora llegáis a verle
en tan miserable estado,
¿quién ha de haber que os consuele?

Mirad, Reina de los cielos,
si el mismo Señor es éste,
cuyas carnes parecían
de azucenas y claveles.

Mas, ¡ay Madre de piedad!,
que sobre la cruz le tienden,
para tomar la medida
por donde los clavos entren.

¡Oh terrible desatino!,
medir al inmenso quieren,
pero bien cabrá en la cruz
el que cupo en el pesebre.

Ya Jesús está de espaldas,
y tantas penas padece,
que con ser la cruz tan dura,
ya por descanso la tiene.

Alma de pórfido y mármol,
mientras en tus vicios duermes,
dura cama tiene Cristo,
no te despierte la muerte.

                   Lope de Vega