Dícele a Judas el Pastor Cordero
cuando le vende: ¿A qué viniste, amigo?
¿Del regalo de hijo a mi castigo?
¿De oveja humilde y simple a lobo fiero?
¿De apóstol de mi ley a carnicero?
¿De rico de mis bienes a mendigo?
¿Del cayado a la horca sin mi abrigo?
¿De discípulo, a ingrato despensero?
Véndeme, y no te vendas, y mi muerte
sea rescate también a tus traiciones:
no siento mi prisión, sino perderte.
El cordel que a tu cuello le dispones,
Judas, ponle a mis pies con lazo fuerte:
perdónate, y a Mí no me perdones.
Francisco de Quevedo
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