martes, 9 de febrero de 2021

Meditación de un amanecer en tiempo de sementera




Ya es tiempo de sementera
y en los surcos de la arada,
se escucha ya la tonada
que ayer se escuchó en la era.

Ya el arroyuelo ondulado
riega alegre y sosegado,
el prado, cuyo verdores
marchitaron los calores;
Y al calmar su sed el prado
se lo agradece con flores.

Y ya va el gañán a arar
las tierras de sementera,
con la mano en la mancera
y en los labios el cantar.
¡Tierra pródiga y jugosa
de mi fértil heredad!
¡En esta mañana hermosa
me has dado una generosa
lección de fecundidad!

Toda la tierra está henchida
de preñez de sementera...,
¿Y yo he de hacer de mi vida
rama estéril y podrida
digna sólo de la hoguera?

Dios me ha dado el poderío
del sentir hondo y con brío
y el pensar sereno y claro...,
¿Y he de sentirme yo avaro
de lo que al cabo ni es mío?

No he de guardar mis ardores,
avaro en el corazón;
he de seguir la lección
de los campos y las flores.

Jamás una flor sencilla
nos negó la maravilla
que en sus pétalos encierra,
jamás le negó la tierra
su calor a la semilla.

Y yo, que debo al Señor
un alma y un cuerpo llenos
de fecundidad y amor...,
¿me resignaré a ser menos
que la tierra y que la flor?

La vida que no florece
y es estéril y escondida,
y ni fecunda ni crece,
es vida que no merece
el santo nombre de vida.

La vida es campo que espera
que lo cruce la mancera,
y lo renueva la azada,
y es ir y venir de arada
y es bregar de sementera....

La vida es cuesta empinada
de una montaña cimera...

Mas no temáis a la vida
que si la cumbre es erguida
y es pedregoso el atajo....,
¡El cariño y el trabajo
hacen dulce la subida!.

Por eso yo, con profunda
ansias de vida y de amor,
quiero regar con sudor
y hacer mi vida fecunda
como le place al Señor.

Quiero que la vida mía
no sea un germen enfermo
en tierra rasa y bravía;
quiero remover el yermo
y hacer fecunda la ería;

y quiero dar en amores
cuando mi espíritu encierra,
y deshacerme en sudores
para que, al dar en la tierra
produzca la tierra flores.

¡Cuerpo mezquino y cansado!
¡Espíritu amedrantado!
¡Basta de necio temor...
¡A devolver al Señor!
cuanto el Señor os ha dado!

¡Alma, da cuanto poseas,
hasta las últimas sobras!
¡Tú, voluntad, date en obras!
¡Tú, inteligencia, en ideas!
¡Y tú, hirviendo de pasión
cual deshace el ventarrón
las nieves sobre las cimas,
entrégate corazón,
deshecho en cantos y en rimas!

Esta alma mío abrasada
en un anhelo encendido,
no ha de ser grano perdido
en los bordes de la arada.

Ha de ser como esas flores
que, en medio de los rastrojos;
sin cuidado ni labores,
se ofrecen a nuestros ojos
y nos brindan sus olores.

Este anhelo de poesía
de mi ser, que no se harta
jamás de luz y armonía,
Dios se lo dio al alma mía
para que yo lo reparta.

Por eso busco los modos
de cantar en mis poesías
pasiones que, siendo mías
son las pasiones de todos.

Y quisiera conseguir 
hacer a todos sentir
un mismo anhelo infinito,
y ante mis versos oír
a cada uno decir:
"Eso lo hubiera yo escrito
si yo supiera escribir".

Quiero hacer bien en mi vida
para sentir en mi pecho
esa dulzura escondida
que engendra la indefinida
satisfacción del bien hecho.

Que es verdad que, aunque haya quien
nunca lograra entenderlo,
hay un goce en hacer bien
por sólo el goce de hacerlo.

Y es que al que siembra esté suelo
de rosales, de poesías, de esperanzas, 
de alegrías, de fortaleza y consuelo;
y al que le da a sus hermanos
rosas de consejos sanos
y palabras bondadosas...
¡Le queda siempre en las manos 
algún perfume de rosas!

Siento en mi pecho bullir
ansias de amar con fervor....
¡Que quien no derrocha amor
no sabe lo que es vivir!
Compartir quiero mis días
con otras almas hermanas,
y partir mis alegrías
que, en lo que tienen de humanas,
son tan suyas como mías;

Abrir a todos mis brazos
y consolar sus pesares,
y, entre rimas y cantares
darles la vida a pedazos.

Y al fin rendido quisiera
poder decir cuando muera:
¡Señor, yo no traigo nada
de cuánto tu Amor me diera.
Todo lo dejé en la arada
en tiempos de sementera!

Allí sembré mis ardores,
vuelve tus ojos allí,
que allí he dejado unas flores
de consuelos y de amores
¡y ellas te hablarán de mí!

Ya sonríe la alborada,
y en la llanura mojada,
la tierra abierta y partida,
ya está preñada de vida
en los surcos de la arada.

Ven a la arada a aprender
lo que es vivir corazón,
que es de vida la lección
de este hermoso amanecer.

¡Corazón, la vida espera!
¡Las manos a la mancera
y los labios a cantar,
Es tiempo de comenzar,
corazón, la sementera!

         José María Pemán

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