viernes, 11 de diciembre de 2020

Consagración

 


Junto a un grupo de nopales,
cuyas flores amarillas
abren hojas de topacios
sobre cálices de espinas;
teniendo su dulce Niño
reclinado en las rodillas,
alisándole el cabello
está la Virgen María.

Fiel retrato de su Madre,
no puede negar la pinta;
pero es el Niño aun más bello
que bella la Madre misma.

Tiene Jesús en los ojos
una tristeza infinita,
y una marca de amargura
en la boca purpurina,
que el corazón de la Madre
dilacera fibra a fibra.

Que a Jesús hondos dolores,
se le conoce a ojos vistas.
¡Si la Virgen se atreviera...! 
¡Si Jesús...! ¡Ay, pobrecilla! 
Cuanta nube de tristeza
nubla el cielo de su dicha.

Jesús está taciturno,
taciturna está María.
No se escucha en el momento
sino el gemir de la brisa,
al quebrarse entre las ramas
de palmera que se cimbra,
cobijando el bello grupo
que silencioso medita.

Por fin la Virgen se atreve,
y estrechando enardecida
la cabeza del Dios Niño
contra el seno que palpita,
y apartándole los bucles
del color de las espigas,
le da un beso rechinante,
que un mármol derretiría;
y un si es no es ruborosa,
pero al cabo decidida,
los labios sobre la trente,
comienza a hablar de esta guisa:

- ¿Por qué, dime dulce Niño,
tierno Jesús de mi amor,
te he visto copioso llanto
derramar en la oración?
Vueltos los ojos al cielo,
tinta en divino arrebol
la frente que a los jazmines
les ha prestado el blancor;
en cruz los tiernos bracitos
y anhelante el corazón,
te he visto verter más lágrimas
que rayos de luz da el sol.

«¿Por qué llorará mi niño?»
me decía en mi interior:
«¿Quién jamás se imaginara
llorando al Hijo de Dios?
¿ La felicidad suprema
saboreando el dolor?»

- Tú no sabes, Madre mía,
las penas que paso Yo.

- Por eso quiero saberlas:
dímelas por compasión,
que entre los dos divididas,
tu parte será menor.

- Mira, madre, que mis penas
dan hieles para los dos:
mira que al mar sobrepujan
en grandeza y amargor.

- Jesús, la duda me mata:
¿te las he causado yo?

- ¿Tú, palomita inocente,
cuyos arrullos de amor
son más dulces a mi oído
que los cantos de Sión?
Pierde cuidado, querida;
no me has lastimado, no.

- ¿Cuál es entonces tu pena?
¿Qué la causa? - ¡Desamor!
Que nadie, nadie me quiere
como, ¡ay, Madre!, quiero yo...
¡Mira que el Amor amando,
y nadie amar al Amor!...

Y de Jesús la garganta
lanzó un amargo suspiro.
Nuevo y abundoso llanto
de sus ojos nubló el brillo,
rodando en lluvia de perlas,
hasta mojar sus vestidos.

Sus mejillas, que eran rosas
son ya rosas con rocío:
rosas que besa la Virgen
del amor en el delirio,
mientras le dice afanosa:
- Sigue hablando, Niño mío.

- ¡Si tú supieras, ¡ay, Madre!,
lo que veo en la oración!...
Despeñándose los siglos
ante mi vista de Dios,
cual se despeñan las aguas
del espumoso Cedrón,
no desfila ni un instante
que no me cueste un dolor.

Quién me persigue sangriento
como al cordero el león.
Quien me blasfema iracundo
con asfixiante furor...

- ¡Calla, por Dios, hijo mío!
- ¿Ves como tengo razón
para no darte a que gustes
las hieles de mi dolor?

Y la Virgen gruesas lágrimas
en la alba toca enjugando,
y en la faz encantadora
la palidez del espanto,
de nuevo acaricia al Niño;
lo estrecha contra el regazo;
y entre besos maternales,
silenciosos, prolongados,
cual si al hijo, en cada uno,
diera del alma un pedazo,
escucha al Niño doliente:

- ¡Prisionero, sin más crimen
que el de mi infinito Amor,
las tablas del tabernáculo
serán mi dura prisión.
¡Cuánta ingratitud me espera!
¡Cuánto y cuánto sinsabor!
¡Qué largas, Madre, las noches
sin ninguna adoración;
sin que nadie me acompañe,
más que el trémulo fulgor
de lámpara moribunda!...
Solos la lámpara y Yo.

¿Que me cercarán de luces
y flores de rico olor?
¿Que piedras de alzado precio
guarnecerán el copón?
Mas ¿qué importa? Ni las luces,
ni las piedras, ni la flor,
ni los tronos, ni las lámparas,
son capaces de pasión,
¡Nada de esto, Madre mía,
dará un latido de amor!

Y Yo necesito amores;
pues no es otra mi misión
que poner fuego en la tierra,
y a la gloria del Señor
quemarla en la ardiente pira
de mi amante Corazón.

Y, ¡ay!, el mundo incombustible
se me esconde a mi calor;
que llamo, y en el vacío
se pierde mi triste voz:
doyme a buscar, y el rebaño
sale huyendo del Pastor;
por corazones de tierra
brindo Corazón de Dios,
y ni aun así por entero
me da nadie el corazón.

Y corazones partidos,
ésos no los quiero Yo;
pues entero y sin reserva
brindo Yo mi Corazón.

Y otra vez empaña el llanto
los claros ojos del Niño,
por su rostro de granadas
discurriendo en gruesos hilos.

Al verlo tan apenado,
la Virgen Madre le ha dicho;
- No me llores, que me matas;
seca esas lágrimas, Niño,
que en el corazón me caen
cual veneno corrosivo.

¿Que Tú quieres corazones?
Pues los tendrás, hijo mío:
yo te los saldré buscando
por los pueblos y los siglos.

Yo te buscaré amadores
de tus encantos cautivos;
que después de haberte amado
con el más alto delirio,
millares de corazones
consagren a tu servicio.

Y entretanto, dulce prenda,
mi cielo, mi Dios, mi Niño,
ten un corazón por tuyo,
pues yo te consagro el mío.

Y..., ¡ea!..., los hombres no lloran,
y estás hecho un hombrecito.
Conque un beso, y con tu padre:
que es también mucho egoísmo
quererte para mí sola.

Y alegre se aleja el Niño,
no sin pararse de pronto,
quedarse en la Virgen fijo,
y un beso tirar al aire
con un ademán divino.

                     Pbro Juan F. Muñoz y Pabón 




miércoles, 11 de noviembre de 2020

Vuestra soy, para Vos nací




Vuestra soy, para Vos nací:
¿qué mandáis hacer de mi?

Soberana Majestad,
Eterna Sabiduría,
Bondad buena al alma mía;
Dios, Alteza, un Ser, Bondad:
la gran vileza mirad,
que hoy os canta amor así:
¿qué mandáis hacer de mi?

Vuestra soy, pues me criastes,
vuestra pues me redimistes,
vuestra, pues que me sufristes,
vuestra pues que me llamastes.
vuestra, porque me esperastes,
vuestra pues no me perdí,
¿qué mandáis hacer de mi?

jueves, 5 de noviembre de 2020

Beata Imelda

 


De Jesús Sacramentado
Imelda está enamorada:
ante Él se pasa las noches
del atardecer al alba.
Mas, ¡ay!, las pasa llorando,
de mal de amor y añoranza.
De su Sangre tiene sed,
y hambre de su Carne santa;
y no puede todavía comer
el Pan de las almas.
Le falta un abril a dos
para ser de Él enramada:
muy linda tendrá que ser
si tan grande Amor la enrama.
 
A las plantas de Jesús
llora la pobre novicia:
- Me dicen que por pequeña
no comulgo todavía.
Pues Vos, ¡mi amable Jesús!,
¿por ventura no decíais:
"Dejad que los pequeñuelos
vengan en mi compañía?"
¿No amabais Vos a los niños?
¿No lo erais Vos, mi delicia?
Jesús, ¡compasión de mí,
que de amor me siento herida!
Si no me acudís bien presto,
no me encontraréis ya viva.
 
El día de la Ascensión
despierta antes que la aurora:
sale al jardín del convento
a cortar lirios y rosas.
En cada flor que recoge
pone un beso de su boca.
Dice: Al lado de mi Amor
hoy exhalarás tu aroma:
¿y yo habré de estarme lejos
habiendo de ser su esposa?
 
La campana del convento
al templo llama a las monjas;
ella su ramito lleva
y en el altar lo coloca,
donde quisiera quedarse
para aspirar los aromas;
no los que exhalan las flores,
sino Aquel que la enamora.
 
Como abejas al panal
se acercan a Dios las monjas:
ella comulgar no puede
y se está detrás de todas.
Ve cuál fluye aquella fuente
y ardiente sed la devora;
de aquellas aguas del cielo
beber no puede una gota,
y en lágrimas y suspiros
su corazón desahoga.
 
De manos del sacerdote
de pronto vuela una Hostia,
y va hasta Imelda volando,
como blanca mariposa.
El sacerdote la sigue
y el copón bajo coloca
para que retorne al nido
el Pichoncito de Gloria.
Mas Él volando, volando,
nunca desciende a la copa,
pues no quiere separarse
de su celestial paloma.
 
El sacerdote, inspirado,
lo pone a Imelda en la boca...
 
Ya tiene lo que ella quiere;
nada en río de delicias.
No pudiendo soportarlas
cae al suelo amortecida,
y cual cristal que se rompe
su vida al romperse... expira.
Imelda muere de amor:
¡bien haya el que quiso herirla!
Quien de tal modo la hirió
bien será su medicina.
Hoy cuando asciende a los cielos
la lleva en su compañía.
¡La primera comunión
le es Viático a la niña!
 

              P Jacinto Verdaguer


miércoles, 15 de julio de 2020

El Viático



Enjamás podré olvidarlo mientras viva,
que estas cosas se nos meten en el alma
como manos que la ajogan,
como espinas que la arañan...
Entoavía, recordándolo, parece
que me viene a las entrañas
aquel frío que esa noche 
jasta dentro me calaba:
ese frío de los cuerpos derrengaos
al llegá la madrugada,
ese frío que se mete por los güesos;
ese frío del que está junto a una cama
una noche y otra noche,
sin descanso ni esperanza,
y mirando que se va de entre las manos
un pedazo de su alma;
ese frío que es cansancio y que es disgusto,
que nos jiela y que nos mata...
¡ese frío de las penas
que parece que es del cuerpo... y es del alma!
Me parece que lo veo:
aquella noche tós andaban
de puntillas, como sombras misteriosas,
y venían y vorvían, y la casa
era toda un jervidero de murmurios
y de pasos de fantasmas,
y de llantos y sollozos conteníos,
y de avisos y atropellos y mudanzas,
y un run-run de cuchicheos
en voz baja...
Y entre tos los cuchicheos y murmurios,
las mesmísimas palabras,
el mesmísimo estribillo,
la mesmísima cantata;
unas voces que decían por lo bajo:
"se nos muere... se nos muere... ¡está mu mala!"
Y de pronto un rebullicio que se arma,
y unas voces: "¡que ya vienen por la esquina!..."
¡Enjamás podré olvidar esas palabras!

Y al llegá Su Majestá... ¡si me parece
que lo veo con los ojos de la cara!
Era noche sin estrellas y sin luna;
era el viento de tormenta; lloviznaba...
Y de pronto, todo el mundo se arrodilla,
y se escucha —¡daba miedo de escucharla!—
el tilín de la campana del monago
que decía que llegaban:
y al par de ello, como el rezo de los frailes,
un murmurio de latines y plegarias
y el bullí de toa la gente que venía,
y el soná de las pisadas
en los charcos de la calle
sobre el agua...
Y se empieza a colá gente
dentro e casa...
¡Qué de gente la quería!...
¡Jasta entonces yo no vi que era una santa!
¡Qué momento inorvidable!
¡Parecía que soñaba¡
¡Y aun agora me parece que lo sueño
en ca vez que mi consencia lo repasa!...
El bullir y arrempujarse de la gente,
el rezar entre suspiros las beatas,
el oló de tanta cera al derretirse,
el caló de tanta gente arrebujada,
y aquel brillo tan borroso que tenían
los faroles y las llamas
al mirarlos por enmedio
de mis lágrimas...

Y por cima de estas cosas,
las palabras
que decía, respondiendo al señó cura,
la santica de mi alma...
¡Y lo mansa y resigná que las decía!
¡Y la pena que me daba
al mirá como un clavel amoratao
la boquita de mi santa,
la boquita de mis besos y mis glorias
que era un cacho de mi alma!
Y después, el alejarse el rebullicio
lo mesmito que las olas cuando bajan,
y el perderse en la revuelta de la esquina
el tilín de la campana,
y el murmurio del gentío,
y el soná de las pisadas
en los charcos de la calle,
sobre el agua...

Señó güeno, que llamaste aquella noche
a mi puerta, pa llevártela;
Señó güeno, güerve pronto pa librarme
de esta pena que me ajoga y que me mata;
pa llevarme al lado suyo, Señó güeno,
al ladito de aquel cacho de mi alma...
¡Y si al lado no pué sé, porque en la Gloria
no se armiten pecaores junto a santas,
aparéjame a lo menos un sitico
a la vera de la puerta... pa mirarla!

                           José María Pemán

lunes, 18 de mayo de 2020

La Virgen de la Paloma


Enfermo se encuentra el niño,
y su madre, que le adora,
vierte lágrimas amargas
y no sale de su alcoba.
En vano de la botica
apuró todas las drogas;
en vano del arte médico
se agotó la ciencia toda;
nadie puede dar la vida
a aquella flor que se troncha,
a aquella luz que se extingue,
y que merma hora por hora.
Se duerme; la calentura
le rinde al fin y le postra;
la madre afligida entonces
toma una vela, llorosa,
y se encamina a la Virgen,
la Virgen de la Paloma.


He tenido un sueño, madre,
que mis sentidos conforta:
soñaba que se acercaba
a mi lecho una señora
vestida de negro el cuerpo,
la frente de blancas tocas;
y cogiéndome las manos
entre las suyas hermosas,
—“Vive, niño, me decía,
vive, tu madre te adora”;
y me besaba la frente…
¡Bendita sea su boca!


Ya está bueno el niño; juega
y corre la casa toda;
su madre le lleva al templo.
—Hijo, las rodillas dobla,
y da gracias a la Virgen
porque la salud te torna.
—Sí haré; ¡ay, madre, es ella, es ella!
—¿Quién es? —Aquella Señora
que cuando yo estaba enfermo
fue a visitarme a mi alcoba;
la que tomando mis manos
entre las suyas hermosas,
—“Vive, niño, me decía,
vive, tu madre te adora”;
la que me besó en la frente…
¡Bendita sea su boca!
—¡Bendita sea la Virgen,
la Virgen de la Paloma.

            Narciso Serra

sábado, 2 de mayo de 2020

Pa' los míos



Déjenmén de retintines
pa’ decir las cosas gauchas;
el cardo nu es pa’ jardines
ni yo pa’ cambiar bombachas
por trajes de figurines
que a los paisanos disfrazan.

Sé que pa’ críticos ‘tiesos’
yo soy brutón de palabras;
pero a mí, me hacen lo mesmo
que a un toro un yuyo en la guampa:
yo, con los gauchos m’entiendo
y si eyos m’entienden ¡basta!

Sí, pa’ los crioyos escribo
no pa’ gente dotorada,
d’esos que tienen cien libros
pa’ buscar una palabra,
y andan midiendo con hilos
asentos, puntos y rayas…

sábado, 18 de abril de 2020

Día de la Hispanidad



En el nombre del Padre que creó toda cosa,
y en el nombre del Hijo, que hubo muerte gloriosa;
del Espíritu Santo, de la Virgen Piadosa;
de mi madre Castilla, quiero hacer una prosa.

¡Tú, que domar supiste las frentes altaneras,
y en todos los castillos, en todas las fronteras,
en mares ignorados y en tierras forasteras,
erguiste tus blasones, clavaste tus banderas!

¿En dónde están aquellos ejércitos cristianos,
castigo de los déspotas, terror de los paganos;
los firmes caracteres, las vencedoras manos,
la fuerza de los duros varones castellanos?

Ya los viejos leones se han tornado corderos;
las lanzas, las lorigas, en bolsas y tinteros,
y en mentirosas plumas los viriles aceros;
que las armas de hogaño son plumas y dineros.

Hoy se esgrimen las lenguas, pero no las espadas,
y es blasón de las honras el vivir deshonradas.
¡Mío Cid! ¿Qué dirías de estas gentes letradas,
que reniegan ahora de sus gestas pasadas?

Ahora que las gentes se juzgan por mejores,
son pocos los leales, son muchos los traidores,
las leyes y costumbres alcándaras de azores,
e iguales, por lo pérfidos, vasallos y señores.

¡Oh Dios! Tu, que moviste en mis patrias montañas
a Pelayo y los suyos, haz que nuevas hazañas
restauren las grandezas de las viejas Españas,
limpiándolas por siempre de facciones extrañas.

El yelmo está enterrado, la lanza está partida,
los muros están rotos, la raza está dormida...
¡Sea de los infieles tu España defendida!
Si Tú no la socorres, la tengo por perdida...

¡Varones castellanos, volved por vuestro honor!
Que entre muerte y deshonra, la deshonra es peor.
Despertad en el nombre de Dios, nuestro Señor,
que es España su huerto y es Castilla la flor.

                                                                     Ricardo León
                                                           Cantar de gesta (fragmento)

sábado, 11 de abril de 2020

Virgen de los Dolores



Palidecidas las rosas
de tus labios angustiados;
mustios los lirios morados
de tus mejillas llorosas;
recordando las gozosas
horas idas de Belén,
sin consuelo ya y sin bien
que tus soledades llene...
¡Miradla por donde viene,
hijas de Jerusalén!

Virgen de la Soledad:
rendido de gozos vanos,
en las rosas de tus manos
se ha muerto mi voluntad.
Cruzadas con humildad
en tu pecho sin aliento,
la mañana del portento,
tus manos fueron, Señora,
la primera cruz redentora:
la cruz del sometimiento.

Como tú te sometiste,
someterme yo querría:
para ir haciendo mi vía
con claro sol o noche triste.
Ejemplo santo nos diste
cuando, en la tarde deicida,
tu soledad dolorida
por los senderos mostrabas:
tocas de luto llevabas,
ojos de paloma herida.

La fruta de nuestro Bien
fue de tu llanto regada:
refugio fueron y almohada
tus rodillas, de su sien.
Otra vez, como en Belén,
tu falda cuna le hacía,
y sobre El tu amor volvía
a las angustias primeras...
Señora: si tú quisieras
contigo lo lloraría.

Por tu dolor sin testigos,
por tu llanto sin piedades,
Maestra de soledades,
enséñame a estar contigo.
Que al quedarte tú conmigo
partido ya de tu vera
el Hijo que en la madera
de la Santa Cruz dejaste,
yo sé que en ti lo encontraste
de una segunda manera.

Yo en mi alma, Madre, lavada
de las bajas suciedades,
a fuerza de soledades,
le estoy haciendo morada.
Prendida tengo y colgada
ya mi cámara de flores.
Y a husmear por los alcores
por si llega el peregrino
he soltado en mi camino
mis cinco perros mejores.

Quiero yo que el alma mía,
tenga, de sí vaciada,
su soledad preparada
para la gran compañía.
Con una nueva paz y alegría
quiero, por amor, tener
la vida muerta al placer
y muerta al mundo, de suerte
que cuando venga la muerte
le quede poco que hacer.

Pero en tanto que El asoma,
Señora, por las calladas,
-¡por tus tocas enlutadas
y tus ojos de paloma!-
recibe mi angustia y toma
en tus manos mi ansiedad.
Y séame, por piedad,
Señora del mayor duelo,
tu soledad sin consuelo,
consuelo en mi soledad.

                 José María Pemán

jueves, 9 de abril de 2020

¿A qué viniste, amigo?



Dícele a Judas el Pastor Cordero
cuando le vende: ¿A qué viniste, amigo?
¿Del regalo de hijo a mi castigo?
¿De oveja humilde y simple a lobo fiero?

¿De apóstol de mi ley a carnicero?
¿De rico de mis bienes a mendigo?
¿Del cayado a la horca sin mi abrigo?
¿De discípulo, a ingrato despensero?

Véndeme, y no te vendas, y mi muerte
sea rescate también a tus traiciones:
no siento mi prisión, sino perderte.

El cordel que a tu cuello le dispones,
Judas, ponle a mis pies con lazo fuerte:
perdónate, y a Mí no me perdones.

                  Francisco de Quevedo

sábado, 4 de abril de 2020

Al ponerle en la Cruz



En tanto que el hoyo cavan
a donde la cruz asienten,
en que el Cordero levanten
figurado por la sierpe,

aquella ropa inconsútil
que de Nazareth ausente
labró la hermosa María
después de su parto alegre,

de sus delicadas carnes
quitan con manos aleves
los camareros que tuvo
Cristo al tiempo de su muerte.

No bajan a desnudarle
los espíritus celestes,
sino soldados que luego
sobre su ropa echan suertes.

Quitáronle la corona,
y abriéronse tantas fuentes,
que todo el cuerpo divino
cubre la sangre que vierten.

Al despegarle la ropa
las heridas reverdecen,
pedazos de carne y sangre
salieron entre los pliegues.

Alma pegada en tus vicios,
si no puedes, o no quieres
despegarte tus costumbres,
piensa en esta ropa, y puede.

A la sangrienta cabeza
la dura corona vuelven,
que para mayor dolor
le coronaron dos veces.

Asió la soga un soldado,
tirando a Cristo, de suerte
que donde va por su gusto
quiere que por fuerza llegue.

Dio Cristo en la cruz de ojos,
arrojado de la gente,
que primero que la abrace,
quieren también que la bese.

¡Qué cama os está esperando,
mi Jesús, bien de mis bienes,
para que el cuerpo cansado
siquiera a morir se acueste!

¡Oh, qué almohada de rosas
las espinas os prometen!;
¡qué corredores dorados
los duros clavos crueles!

Dormid en ella, mi amor,
para que el hombre despierte,
aunque más dura se os haga
que en Belén entre la nieve.

Que en fin aquella tendría
abrigo de las paredes,
las tocas de vuestra Madre,
y el heno de aquellos bueyes.

¡Qué vergüenza le daría
al Cordero santo el verse,
siendo tan honesto y casto,
desnudo entre tanta gente!

¡Ay divina Madre suya!,
si agora llegáis a verle
en tan miserable estado,
¿quién ha de haber que os consuele?

Mirad, Reina de los cielos,
si el mismo Señor es éste,
cuyas carnes parecían
de azucenas y claveles.

Mas, ¡ay Madre de piedad!,
que sobre la cruz le tienden,
para tomar la medida
por donde los clavos entren.

¡Oh terrible desatino!,
medir al inmenso quieren,
pero bien cabrá en la cruz
el que cupo en el pesebre.

Ya Jesús está de espaldas,
y tantas penas padece,
que con ser la cruz tan dura,
ya por descanso la tiene.

Alma de pórfido y mármol,
mientras en tus vicios duermes,
dura cama tiene Cristo,
no te despierte la muerte.

                   Lope de Vega

sábado, 28 de marzo de 2020

El Cristo de la Humildad y la Paciencia



Después de condenado en burdo juicio,
coronada tu frente por espinas,
sobre tu misma mano la reclinas
en el breve descanso del suplicio.

¿Qué se esconde, Señor, bajo tu frente?
¿Qué piensas mi Señor en ese instante?
¿Es acaso, Jesús, que no es bastante
hacerte condenar, siendo inocente?

Sólo a tus jueces la condena infama
por el torpe baldón de su sentencia,
y todo el orbe con ardor se inflama

al noble resplandor de tu inocencia.
Y para siempre con amor te aclama,
Señor de la Humildad y la Paciencia.

                      Federico Acosta Noriega

sábado, 21 de marzo de 2020

Esta tarde



Esta tarde tenía de angustia el alma llena,
pesábame la vida, sin yo saber por qué,
me abracé a sus rodillas, y le dije de mi pena,
y mirando sus ojos extasiado quedé.

Es la imagen de piedra de estatura gigante,
que al alfarge se eleva sobre el plinto,
la que muy toscamente pero con mano amante,
tallara un monje godo, reinando Recesvinto.

Bien haya el monje artista que a la augusta Madona
puso los finos labios sonrisa que perdona,
y en los rasgados ojos mirada maternal,

los ojos y los labios que saben de dolores,
y esta tarde me han dicho: "Hijo mío, no llores,
en nosotros hay mieles para endulzar tu mal".

                               Fray Justo Pérez de Urbel

sábado, 14 de marzo de 2020

Oración al Cristo del Calvario


En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mí todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta.

                          Gabriela Mistral

sábado, 7 de marzo de 2020

Envidia de los ángeles


Oyóme un ángel en aciagas horas,
y dijo así, de mi dolor curioso:
celos he de tu cáliz angustioso
y envidia de las lágrimas que lloras.

Cautivo en cárcel de tinieblas moras...
¡cuán desgraciado, pero cuán glorioso!
Más rico tu que yo, más dadivoso,
sufrir puedes, morir por quién adoras...

Privilegio es el del hombre, hermosa hoguera
que a la luz de los ángeles excede
y en llamas de ternura el mundo inflama.

Que aun Dios, si en carne de dolor no fuera,
jamás pudiera, como el hombre puede,
padecer y morir por quienes ama

                                                            Ricardo León

sábado, 29 de febrero de 2020

Los castillos de la Reconquista



Son esqueletos de gigante hechura:
helos en pie; la Religión los vela:
asomos del cristiano centinela,
ásperos muros, torres de la jura.

Quedó de Troya, donde fue insegura
defensa la pelasga ciudadela,
contra el griego invasor que la debela,
ceniza al aire, al suelo sepultura.

Y éstos, agora, en soledad sagrada,
viejos testigos del tesón íbero,
mientras luchó por siglos la mesnada,

Desde la brecha en que se alzó el primero,
llevan de Covadonga hasta Granada
la Cruz triunfante por blasón frontero.

                                   Antonio Ros de Olano

sábado, 22 de febrero de 2020

La piedra


Desde que soy, por ser, amo la piedra.
Por estar siempre allí, sola, callada.
Por el brillo de luz en sus aristas.
Por la sombra en su cara laminada.
Por soportar el peso de lo humano
y por verla rodar sin decir nada.

Me enamora la suave turquecina.
Del ónix, sus colores esmaltados.
El azul tan azul de los zafiros.
El mármol con sus betas dibujadas
y el cristal que recuerda, transparente,
las lágrimas de dicha del amado.

Santo Tomás no pudo comprenderla.
Su ser está lejano. Es casi ausente.
Pero ella se ha vestido de colores
para que yo comprenda lo que siente, 
y mostrarme, en lo bello de su forma
el dolor por el alma que no tiene.

                          Nydia Samyn

sábado, 15 de febrero de 2020

Temporal



Ponchazos de sudestada
van arreando al aguacero,
como lonjeándole el cuero
a la hacienda amontonada.
El pajal en marejada
se dobla a su arremetida,
y alguna oveja perdida
de la majada distante,
como una queja implorante
bala en triste despedida.

Más desolada y sombría
la noche, lúgubre avanza,
mientras como una esperanza
se apaga la luz del día.
Todo en doliente agonía
sigue del viento el calvario,
y a veces, como un rosario
de negras cuentas, volando
pasan los cuervos gritando
sobre el campo solitario.

El gateado en el corral
baja el pescuezo tristón,
y buscando protección
pone el anca al temporal.
Yo adentro del rancho igual
doy la espalda a mi desvelo,
y acariciando un consuelo
junto al fogón me he quedado,
lo mismo que está el gateado
como rezándole al suelo.

 A los fuertes sacudones
del viento, el sauce llorón,
se dobla igual que un varón
a fuerza de decepciones.
Sobre los viejos horcones
gime a veces la cumbrera,
y alguna que otra gotera
se va filtrando del techo,
como penas en un pecho
sin esperanza siquiera!

                    Pedro Boloqui

sábado, 8 de febrero de 2020

Un contrabando en el Cielo


Haciendo Dios un día
la visita en el cielo acostumbrada,
notó que cierta gente no tenía
una faz suficientemente pura,
y que se hallaba como avergonzada
con esas almas de inefable albura.

"A San Pedro -se dijo- ¿qué le pasa?
Tal vez su edad no escasa
el carácter le habrá debilitado;
preciso es sermonearle al descuidado
guardián; que se le llame". . . Y al instante
en raudo y limpio vuelo,
un ángel fue y hallólo bien sentado,
y con el ojo alerta,
muy tranquilo en el suelo,
al lado de la puerta:

"Yo vengo, San Pedro a reemplazarlo
un momento siquiera,
pues el buen Dios lo quiere interrogar''.
Y San Pedro corrió, y con severa
actitud, el Señor lo reprendió
diciéndole: "No, no!
esto no puede ser, tú estás dejando
entrar gente manchada
a esta mi pura celestial morada".

"Me confundes, buen Dios", respondió Pedro,
"pues yo vivo en la puerta siempre en vela,
como perenne y listo centinela,
y a pesar de mi edad tan avanzada,
no se me pasa, por descuido nada;
créeme, buen Señor; no soy culpable,
pues yo soy en mi puesto inexorable,
y ningún muerto ha entrado a esa corte
sin traer el debido pasaporte".

"Cálmate", dijo Dios; "probablemente
se nos está engañando. Mira abajo,
¿conoces esa gente?"
"Oh mi buen Dios, te digo francamente:
Jamás por mí fue vista,
que no están en mi lista,
que no son en verdad de nuestro bando;
y que indudablemente
aquí se me está haciendo contrabando;
pero yo te prometo, buen Señor,
coger pronto al traidor;
y de no, con dolor del alma mía ,
te renuncio, Señor, a la portería".

San Pedro echó después con gran cuidado
mil vueltas a las varias cerraduras,
y cuando estuvo bien asegurado
de que no había rendija ni aberturas
por donde penetrar pudiera un alma;
y estando ya la noche un poco entrada
se sentó en plena calma
a vigilar la celestial portada.

Más, ¡oh gran maravilla! De repente
y sin saber por dónde, cómo y cuándo
vio que una intrusa gente
al cielo y de rondón se iba colando.
San Pedro entonces, inmediatamente
mandó llamar a Dios para que viera
lo que estaba pasando,
y cuando hubo llegado, el buen portero
le hizo señas a Dios que se escondiera
allí, sin hacer ruido y que tuviera
oído agudo y ojo muy certero.

Y qué cuadro el que vieron, ¡admirable!
Por fuera del recinto habían quedado
muchas almas que Pedro, inexorable,
había en su puerta rechazado
porque no habían traído al paso
el pasaporte íntegro y cumplido
y esas almas tan tristes exhalaban
tan amargos gemidos
y quejas de tan gran melancolía,
que la Virgen María,
de ellas compadecida y no sufriendo
que en vano así esa gente la implorara,
a los muros del cielo se subía
y desde allí, creyendo
que por la noche nadie la veía,
uno a uno iba alzando
con intensa alegría,
haciendo así a San Pedro contrabando.

Como San Pedro ya se vio triunfante,
probada su inocencia,
al buen Señor le dijo muy campante:
"Al menos le hará Usted una advertencia!"
Más el buen Dios que había reconocido
de los muros del cielo, allá en la altura
a su Madre, tan dulce, pura y bella,
le respondió con sin igual dulzura:
"Para qué? Tú sabes cómo es Ella!"

                                  Eusebio Robledo

sábado, 1 de febrero de 2020

La princesa está triste



La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste, la princesa está pálida)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe,
—la princesa está pálida, la princesa está triste—,
más brillante que el alba, más hermoso que abril!

«Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».

                               Rubén Darío

martes, 28 de enero de 2020

Epifanía


Día de Reyes magos, seis de enero.
De niño es preguntar: ¿Qué me trajeron?
De adulto comprobar: ¿Qué me dejaron?
Y es de viejos, incrédulos y avaros:
sospechar que los Reyes les robaron.

Yo considero estos zapatos míos
y los encuentro llenos de...vacío.
Mas ya sólo tenerlos es regalo,
en los tiempos que corren, nada malo.
Así que: ¡gracias por estos zapatos!

Y mientras me los pongo y me los ato,
descubro otro regalo y me enmimismo:
¿no es don poder calzarse por sí mismo?

Y al ir desenvolviendo reflexiones
crece mi gratitud por tantos dones.
Caigo en la cuenta, con sorpresa mía,
de que es un día de Reyes cada día.  
Porque al calzarse cada día los pies,
recibe el hombre, en don, cuanto hace y es.

Y lo que da la vida, aunque parezca malo, 
es, bien mirado, todo de regalo.

Encuentro al despertarme... de mi engaño,
que es corona de gracias todo el año.
Y que la Epifanía manifiesta
que toda nuestra vida es día de fiesta.

Que nadie el Don de Dios, por tanto, mida
por los puntos que calza en esta vida.
Cuando regala, Dios tiene por norma
rebosar de abundancia toda horma:
deja lo mismo en la alpargata rota
que en los charoles y en las finas botas.
¿No vale más la vida que el vestido?
Descalzos nacen reyes y mendigos.

Fueron los Reyes Magos los primeros
en saberse, sin Cristo, pordioseros;
y en deponer ante los pies del Niño
su ofrenda de fatiga y de cariño.

Los primeros también que comprendieron
que Tú dejabas a estos hijos ruines
colmados de Jesús los escarpines.  

                              P. Horacio Bojorge