Al borde del agua, tendida en la arena,
Buenos Aires duerme -confiada- su siesta.
El agua salpica su espalda morena
de adobe y ladrillo, florecida en tejas.
Bajo las campanas que velan su sueño
y bajo las cruces que trajo el abuelo
- el abuelo hispano- Buenos Aires sueña
desnuda en la arena.
Mientras Buenos Aires bajo sus campanas
y sus cruces duerme, salpicada de agua.
Remontando el río
se acercan navíos;
barcos forasteros, que en su arboladura
se traen enredados jirones de bruma.
¡Ay de Buenos Aires! ¡Despierta! ¿No ves
que viene llegando el hereje inglés?
Así dijo el río, con voces de ceibo.
¡Despierta! ¡Despierta! le silbaba el viento.
Y la Virgen misma - que tal vez quería
tener a sus pies la bandera impía-
tocó las campanas en los campanarios
¡Que venga, que llegue, que ataque el corsario!
Que ya Buenos Aires lo espera de pié.
¡Que venga, que llegue, que ataque el inglés!
La ciudad morena, de adobe y ladrillo,
se tiñó de sangre que chorreó en el río.
Arrancó coraje del centro del suelo;
revoleó el mandoble que trajo el abuelo
-y que envejecía lagrimeando herrumbre-
La ciudad morena, al pie de sus cruces,
vibró de galopes, de pólvora y tajos,
y quedó tatuada de cien cañonazos.
Floreció en guapeza la raigambre hispana
y el ramaje criollo, bajo sus campanas.
Y Nuestra Señora del Santo Rosario
guardó a Buenos Aires bajo de su manto.
No pudo violarla la rubia herejía
del filibustero con voz de neblina.
Al borde del agua, tendida en la arena,
Buenos Aires duerme -triunfante- su siesta.
El agua salpica su espalda morena
de adobe y ladrillo, florecida en tejas.
Juan Luis Gallardo

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